En materia de seguridad internacional solemos mirar hacia afuera: terrorismo, crimen organizado transnacional, rivalidades geopolíticas. Sin embargo, el libro The Fort Bragg Cartel (2025), del periodista Seth Harp, obliga a mirar hacia el interior del Estado más poderoso del mundo y formular una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando la guerra permanente comienza a corroer a quienes la ejecutan?
La obra documenta cómo integrantes de fuerzas especiales estadounidenses —entrenados para operaciones clandestinas de alto nivel— terminaron vinculados con consumo y tráfico de drogas, violencia extrema y presuntos encubrimientos institucionales. El caso de William Lavigne y la muerte de Mark Leshikar no es presentado como un incidente aislado, sino como síntoma de un ecosistema más amplio donde confluyen cultura de guerra, impunidad y desgaste psicológico.
El punto central no es el morbo criminal. Es la erosión institucional.
Durante más de dos décadas, tras el 11 de septiembre, Estados Unidos expandió su aparato de operaciones especiales bajo una lógica de guerra global contra el terrorismo. Despliegues constantes, operaciones secretas, eliminación selectiva de objetivos. Una maquinaria diseñada para actuar en la sombra.
Pero la sombra tiene consecuencias.
Harp muestra cómo la combinación de estrés prolongado, acceso a estupefacientes, cultura de hermetismo y ausencia de supervisión robusta puede generar espacios donde la rendición de cuentas se debilita. Cuando la supervisión civil es limitada y la estructura protege a los suyos, la seguridad deja de ser garantía y se convierte en riesgo.
¿Y qué tiene que ver esto con México?
Mucho.
Durante años, el discurso bilateral ha presentado la violencia del narcotráfico como un problema predominantemente mexicano. No obstante, la realidad es estructural y compartida. El consumo masivo de drogas en Estados Unidos, la circulación de armas hacia el sur y la existencia de corredores logísticos que conectan bases militares con rutas comerciales también forman parte de la ecuación.
La seguridad hemisférica no es unilateral.
Si en el centro del sistema aparecen grietas —sea por corrupción, impunidad o desgaste institucional—, la periferia resiente las fracturas con mayor intensidad. México no enfrenta solamente organizaciones criminales internas; enfrenta dinámicas transnacionales donde confluyen mercados ilícitos, flujos financieros y asimetrías regulatorias.
El libro deja una advertencia clara: la militarización prolongada sin contrapesos democráticos erosiona a las propias instituciones.
Para México, la lección no es copiar modelos, sino aprender de sus límites
Primero, profesionalización con supervisión real. Las fuerzas armadas y de seguridad requieren capacitación continua, pero también controles externos efectivos. La transparencia no debilita la seguridad; la fortalece.
Segundo, corresponsabilidad bilateral. No puede existir una estrategia seria contra el narcotráfico si se ignora la dimensión de la demanda, el lavado de dinero o la venta de armas en territorio estadounidense.
Tercero, enfoque social. La seguridad no es únicamente contención. Es construcción de tejido comunitario, prevención, oportunidades y fortalecimiento institucional.
La experiencia que describe Harp demuestra que incluso estructuras altamente entrenadas pueden degradarse cuando operan bajo lógica de guerra permanente y sin vigilancia pública suficiente. Ninguna institución es inmune al desgaste ético.
La verdadera seguridad comienza desde adentro
En el fondo, la discusión es más amplia. La seguridad del siglo XXI no puede descansar exclusivamente en el poder duro. Requiere legitimidad, salud mental institucional, ética profesional y confianza ciudadana.
Sin legitimidad, el poder pierde autoridad.
Sin rendición de cuentas, la fuerza se vuelve vulnerabilidad.
México enfrenta desafíos complejos en materia de seguridad. Pero también tiene la oportunidad de consolidar un modelo más equilibrado: firme contra el crimen, sí, pero sustentado en legalidad, transparencia y participación social.
La guerra que no se regula termina regresando a casa.
Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser externo y se convierte en sistémico.
La verdadera seguridad internacional comienza con instituciones sólidas, ciudadanos vigilantes y Estados capaces de mirarse críticamente a sí mismos. Ese es el mensaje que América Latina haría bien en escuchar.
PhD Ramiro Puerto L.
25 de febrero, 2026